De pelotas y libros
A Tomás Fonseca le decían Harvard, como la casa de estudios inglesa. No porque iba a la escuela, como cualquiera de ellos; tampoco porque cada tanto sacaba un libro de su bolsito de entrenamiento. Los compañeros de las Inferiores de Huracán lo escuchaban hablar y oían palabras desconocidas. Era Jorge Valdano en México ’86. En aquellos tiempos, Tomás ni siquiera compartía el sueño de ser futbolista. Aunque después, cuando empezó a andar, sí se fue empapando y creyendo ese cuento, dice. De hecho, llegó a la Reserva. “En ese momento yo empezaba el CBC y había pibes que no habían hecho primer año del secundario. Es un abismo, no por lo intelectual. En concreto, es un abismo muy grande. Entonces, te miran.” Tomás, ahora, es un jugador de fútbol profesional: es defensor de Colegiales en la B Metropolitana, un equipo que da pelea arriba en la categoría y que enfrentará a Independiente por la Copa Argentina. Es uno de los tres de la categoría 1989 de Huracán –otro es Matías Defederico– que alcanzaron la Primera División. Tres de cientos. Lo normal. Además, cursa Comunicación Social en la Universidad de Buenos Aires y es productor de Que la sigan oyendo, un programa de La Colectiva Radio (FM 102.5). Lo anormal. Dirá, al final, que siempre es visto como un bicho raro en los ecosistemas en los que se desenvuelve.
Cuando estaba en la Séptima, el entrenador Sergio Colucci les recomendó a los chicos leer El Túnel, de Ernesto Sabato. “Fue toda una cuestión diferente, porque encima tuvo aceptación. Era tener un crecimiento a nivel personal para potenciar lo profesional.” Lo cierto, explica, es que las estructuras no están para la docencia. Incluso, Tomás cuenta que se exige sacar resultados, que hay equipos que plantan dos líneas de cuatro bien metidas atrás para sacar un empate de visitante. “Es increíble, pero es real”, dice. “A los 13 años están jugando así.” Tomás quedó libre de Huracán, pasó a la Reserva de River y luego viajó a México para probar suerte en La Piedad, un club del Ascenso. Durante esa experiencia, Tomás debió congelar su carrera en las aulas. Ahora cursa de noche en Constitución. Está, calcula, entre una mitad de segundo y tercero. “Tengo todas las cuatrimestrales metidas, pero las anuales no tengo prácticamente ninguna. La clave que yo encontré es tratar de no faltar a las clases. Cursar, cursar y cursar. Estar en tema.” Como ejercicio, Tomás se abrió un blog en el que escribe –coloreandolamemoria.blogspot.com– y una cuenta de Twitter, @tomfonseca. Ahí, cada tanto, clava una frase de Los Redonditos de Ricota. “Nunca sentía que tenía cosas para escribir. No sabía cómo expresar en palabras lo que sentía o lo que pensaba y este año, en la facultad, cursando una materia me dio ese poquito de coraje que me faltaba para tirar en palabras lo que pensaba.”
Si se tiene que quedar con un libro, elije Puro fútbol, de Roberto Fontanarrosa, porque considera que es el punto de encuentro entre el fútbol y la literatura; una insignia. “Tengo una lectura muy variada. Desde Harry Potter a Antonio Gramsci”, agrega. El punto de encuentro entre fútbol y Comunicación Social, en cambio, flamea en las banderas de las canchas. Esa es una idea que le da vueltas en la cabeza. “Claro que me gustaría escribir un libro. Pero no sé si me podría sentar y hacer una teoría elaborada al respecto. Ni por tiempo ni por herramientas.” Con 22 años, Tomás maneja las cuentas del plantel y participa en todas las reuniones, aunque habla sólo cuando le piden una opinión. Tiene compañeros que ganan buen dinero y otros que deben trabajar de pizzeros.
En ese contexto, él administra. ¿Hay conciencia, en general, de que los jugadores son trabajadores? “La cuestión de la lucha y las reivindicaciones, a nivel filosófico, no. Pero a nivel práctica, sí: cuando al futbolista le tocan el bolsillo. Nos ha pasado de tener que reunirnos un par de veces por un tema económico y ahí sí, todos saltan con el convenio en la mano: ‘Che, lo podemos presionar por este lado, por el otro.’ De la historicidad que hay, no.”
Tomás, que vive en Recoleta, su barrio de la infancia, y que es un hincha de River desangelado, no cuadra con los parámetros preestablecidos de un futbolista. Pero tampoco con los de un estudiante universitario. A Cristian Moyano, arquero de Cole, compañero de idas y vueltas a las prácticas y de pretemporadas, le trata de explicar qué es el peronismo –sin éxito, por supuesto– y por qué hubo una Guerra Fría en un mundo bipolar. En la facultad, en las esperas para la cursada, sale la pregunta: “Che, ¿de qué laburan?” Y caen las respuestas: “Yo en un call center; yo en tal lado; yo en otro; yo soy jugador de fútbol.” Dice que algunos le preguntan qué hace ahí; que otros lo toman a la ligera; que a varios se le iluminan los ojos y lo ven con admiración, por una cuestión idílica. “No tienen conciencia de lo que implica –remarca–. Me levanto a las siete de la mañana, me voy a Munro, corro como un condenado y cobro poco y nada; la peleo igual que vos y en vez de laburar en un call center ocho horas me putean el sábado en la cancha de Chicago.” Entonces, al final, Tomás siempre es visto como sapo de otro pozo. Ese es su hechizo.
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